II. Gracias señora Ana

Después de fabuloso caso del argentino asesinado por un inglés, la semana siguiente me tomé unos días de descanso.
Nada interesante aparecía en el Orden del Día de las noticias locales, solo y aburrido desde que me dejé con mi última novia que no quiso casarse, y con el Español ya sin peligros de caer en el descenso -salvado por el entrenador argentino Mauricio Pochetino-, no me quedaba otra esos días que levantarme tarde y aparecer en el periódico después de la comida del mediodía.
Como a las 4 de la tarde saludé en Portería.
En el Departamento de Fotografías no había ni rastros de fotógrafos y el Viejo no iba a aparecer hasta las 6 de la tarde.
Me senté cómodamente en mi máquina ‘Neanderthal’ y después del tiempo necesario para encenderla me dispuse a revisar mi correo electrónico.
No había nada en especial, un par de promociones pornográficas de esas que saturan los e-mails; una publicidad de viajes, hoteles o turismo donde te pagaban para que vayas a conocer las Islas Nosecuanto y una de un grupo de compañeros de trabajo, del diario, avisándome que tenía que poner 20 euros para el regalo del Pelao Narbona, que se casa.
Me pareció muy buena idea. A decir verdad, en un diario no es fácil mantener una buena relación con “tutti le fioqui” pero con el 'Pelao' era imposible llevarse mal. Además, conmigo se había portado bien cientos de veces y por ser un soltero empedernido, igual que yo, habíamos compartidos miles de cafés, cigarrillos, nostalgias, bromas y salidas de fiesta.
“¡Qué aguante!”, pensé. El Pelao se iba a casar a los 48 años de edad y me pareció lo más merecido de los 20 euros del regalo. Era un aporte más que justificado el de su regalo.
El mensaje enviado a todos los de la Redacción decía bien claro y en letras mayúsculas azules, al final del texto: “Entregar el dinero a Mónica”.
¿A qué Mónica?
La dama en cuestión era un ángel cuasi perfecto del área de Publicidad, que mas allá de un par de ojos verdes y un cabello castaño claro, no tenía defectos.
Era perfecta.
Mónica tiene la sonrisa de Paz Vega, el cuerpo de Elsa Pataky -de frente y de perfil-, la voz de Anne Igartiburu, la nariz de Raquel Revuelta, el swing de Shakira y la simpatía de Gargamel, el brujo alquimista de Los Pitufos.
Metí la mano en el bolsillo de atrás, el izquierdo, y saqué la cartera. Había exactamente 15 euros sumados en billetes de 5. Mi reloj me indicaba la fecha 24 del mes y el correo electrónico, aún abierto en mi computadora ‘Neanderthal’, explicaba que era necesario pagar antes del día 2 del mes siguiente.
El mensaje, de acuerdo a lo que pude comprobar con un rápido repaso, había sido entregado a todos los de Redacción. A todos.
Entré a Publicidad, donde siempre hay mucha neurosis, y haciéndome el estúpido como el que se tiró el pedo pero no quiere asumirlo, mirando como por encima pregunté:

- ¿Quién es la Mónica ésta a la que hay que darle el dinero del regalo de Narbona?.
- Shhhh. Soy yo, imbécil -me contestó la cuasi perfecta con más genio que la madre de Aída y el Luisma-. Pero habla despacio que Narbona anda por acá y puede escucharte.
- Que escuche -le contesté con firmeza pero con educación-. Si en el mail que mandaron también está la dirección de él.
- ¿Qué dices? Como le van a mandar el mail a Narbona…
- Bueno, si no me crees no es mi problema -le contesté con un poco de soberbia-. Yo también me anoto. Me gusta la idea. Espero que elijan algo bonito.

Y me fui.
Antes de traspasar la puerta me apoyé en el marco, giré la cabeza y agregué: “Cuando revises los destinatarios del mensaje, Mónica, fíjate si además del mail del Pelao Narbona figura algún ‘imbécil’, porque la mía seguro que no es. Hugo Orlando Cruz soy yo, Güito para los amigos. Te aviso por las dudas, no vaya a ser cosa que me busques en la lista como ‘Imbécil’ y no aparezca. No lo digo para que lo hagas ahora, sino a la hora de anotar a los que ponen el dinero para el regalo”.
El ángel de la guarda de Publicidad no contestó nada. Tampoco me imaginé que gesto habrá hecho.
Camino a la Redacción del diario, me dieron ganas de volver a ver esta preciosidad que Dios nos había enviado al periódico.
Entré al baño, me acomodé la ropa delante del espejo: la camisa adentro del vaquero y éste colocado a la altura de la cintura, no como lo usan ahora los chavales que se ajustan el cinturón a la mitad del culo. Peiné con los dedos los pelos del bigote y de la barba, y me lavé la cara para estar más fresco.
Además, necesitaba buscar un pretexto.
Volví a Publicidad alegre, saludando a todo el mundo y con muy buen humor. Necesitaba volver a verla porque la primera impresión fue muy buena, pero no la había contemplado en todo su esplendor. Quiero decir, que no la había visto de pie, ni había observado como le quedaban los jeans, de frente y de perfil, ni había prestado atención a sus pestañas que siempre dicen todo de una mujer.
Al fondo de un pasillo de unos diez metros de largo, formado por escritorios y computadoras, la vi. El sol que entraba por la ventana le daba en el perfil de su rostro. Esta vez estaba de pie y de perfil; y salvo por una minifalda verde que llegaba apenas arriba de las rodillas, no tenía defectos.
Estaba preciosa.
Podría haberme quedado con eso, solamente, y me iba feliz y contento. Pero no. Uno insiste, tentado en conocer algo más que la piel del cordero.
Me acerqué a la bestia con un escudo en la mano izquierda y una lanza en la derecha, y la saludé atentamente y hasta con gracia.
Su respuesta fue, como no podía ser de otra manera, totalmente escéptica, fría, calculadora y odiosa.

- Hola. -dijo. Entonces insistí.
- Moni…
- Mónica! Para ti, que no nos conocemos, soy Mónica.
- Ok. Perdón. Móni…ca, te molesto por lo del casamiento del ‘Pelado’ Narbona
-le dije y no me dejó seguir hablando-.
- Sí. -interrumpió y abriendo su agenda en una hoja que contenía una larga lista de nombres, comenzó a buscar el mío-. No. No te tengo todavía en la lista, es que pensamos que no te ibas a sumar. Ya te anoto así te quedas tranquilo.

Empezó entonces a anotar mi nombre, subrayó luego con mucha prolijidad una delgada línea a su lado y cuando se disponía a anotar los veinte euros convenidos, la frené. Le puse la mano, suave, en el antebrazo.

- Espera. Vine a confirmarte que voy a poner los veinte euros, pero que no puedo hacerlo ahora. No tengo ese dinero ahora y, francamente, si lo tuviera lo necesitaría para comer. Vengo a pedirte que me esperes a cobrar… -otra vez me interrumpió sin dejarme terminar de hablar-.
- El mail -dijo con mas cara de asco que Rajoy al hablar de Zapatero- es muy claro, Cruz. Hay que aportar antes del día 2 del mes que viene. Sino, no sirve. Además, quiero ser honesta contigo como lo soy con todo el mundo pues no existen motivos por los cuales no serlo contigo: No tengo buenas referencias tuyas, Cruz. A menudo te comprometes y no cumples, y además no eres bueno administrando tu dinero. Bueno, eso es al menos lo que llegó a mis oídos en esta oficina de Publicidad.

No se por qué, pero me digné contestarle. Quizás, seguramente, porque mientras hablábamos y conversábamos en ese tono no me quitaba los ojitos verdes de encima, o porque los pómulos se le ponían rojos cuando se alteraba, y eso la hacía más bonita.
Le dije que en todo caso -siempre con mucha calma- lo de mi dinero y su administración, eran un tema pura y exclusivamente mío. Y volví a insistir con la posibilidad de cobrar el 1 o el 2 del mes siguiente y entonces poder pagar. Pero otra vez no me dejó terminar la frase.
“El dinero se lo vamos a dar -me dijo, siempre hablándome sobre su hombro, sin mirarme mucho a la cara y mucho menos a los ojos, como si le diese miedo- el día 2, que es el día previo a su casamiento. Y se lo vamos a entregar por la noche. Es el último día que él trabaja porque no vuelve ya hasta el día 2 del mes siguiente”. Allí se detuvo en su verborragia, me miró a los ojos dando un cuarto de giro en su cuerpo, y como con odio remató la frase: “¡No podemos esperarte, Cruz!”.
Me quedé atónito. Por un momento pensé para mis adentros: “¿Qué le pasa a esta imbécil? ¿Está disfrutando con el hecho de que yo no pueda aportar en término la suma para el regalo o es sólo una impresión mía? ¿Qué se trae entre manos?”.
Le dije solamente “Ok” y le confirmé que conseguiría el dinero antes del día 2 del mes siguiente, que no se preocupara. Todo esto mientras me retiraba del lugar, sin volver la mirada.
Mientras caminaba por el pasillo, como si nada, tuve la sensación de que Moni… eh, perdón, Mónica me seguía con la mirada. Quiero decir que tuve la sensación de que me miraba las nalgas.
Volví a la Redacción, sin mucha prisa porque había poco para hacer.
Por un momento pensé en el dinero y en las posibilidades que tenía de conseguirlo, pero me distraje pensando más en el ángel de la guarda de Publicidad. ¿Por qué me había dicho que no existía motivo alguno por el cuál no ser sincera conmigo? Incluso lo remarcó. “Esta señorita -pensé- ángel de la guarda de Publicidad, tiene algo conmigo que la emociona y la saca de quicio y por ello se disfraza de enojona, para poder defenderse”.
Pensé, además, en la remota posibilidad de poder partirle la boca con un beso, con veinte besos; pero enseguida la cifra me puso los pies sobre la tierra. Tenía que conseguir el dinero.
Ordenando las ideas volví al baño y en medio del pasillo acomodé los pensamientos como si fueran páginas numeradas. “Lo primero es lo primero”, dije en voz alta y con el dedo índice de mi mano izquierda señalando el cielo a la altura de mis sienes, después vamos a darle lugar a lo otro. Con esto quería decir que lo del dinero, en este caso, era totalmente secundario.
Sin dudarlo un instante, siquiera, me fui a hablar con la señora Ana, porque ella iba a saber darme una respuesta.
Subí las escaleras hasta el despacho de Sociales y allí la encontré sentada en su escritorio y delante de una vieja Rémington verde militar que tecleaba todas sus letras menos la “A”, como la de Benjamín Expósito. Estaba concentrada delante de v un papel apenas escrito y con sus anteojos puestos. Toda la paz interior que reflejaba su mirada no hacía otra cosa que revisar, una a una, las cartas que a diario recibe en su Apartado de Correos.
“Señora Ana -le interrumpí-. Perdóneme que le hable en este momento en que la veo más concentrada que la lejía, pero es que necesito, imperiosamente, su asesoramiento sentimental. Es que hay una mujer que me inquieta”, le dije con firmeza en mis términos.
La consejera sentimental del periódico y Celestina número 1 de la isla de Ibiza, no desvió su mirada ni un solo instante. Me contestó de soslayo, con los labios acomodados como para soplar de lado, y tras un saludo frío acompañado de un “¿cómo estás?”, recién se dignó a dejar la lectura y mirarme a los ojos. Entonce se dio cuenta que era yo.
“Ay, Güito. Eras tú. Perdona, hijo, es la carta de una adolescente. ¿Una mujer que te inquieta, dices? De ti he escuchado, en reiteradas ocasiones, que una mujer te inquietaba. Una mujer distinta, quiero decir, cada vez que venías a consultarme lo mismo”, me respondió con mucho cariño.
Entonces ratifiqué la respuesta que ella había dado y agregué que éste era un caso especial, una mujer por demás hermosa; un ángel que se disfraza de coyote cuando me enfrenta. Le di detalles de Moni… eh, perdón, de Mónica, y de lo sucedido en Publicidad.
La respuesta de la señora Ana fue contundente y clara: “Enfréntala, Güito. Desafíala sin temor alguno”.
Y a continuación agregó: “En primer lugar, querido Güito, bien sabes que no acostumbro a responder consultas personalmente. Prefiero mantener el anonimato. Pero siendo tú una persona tan simpática, haré una excepción, tal como ha ocurrido las últimas doscientas veces que viniste a verme por conocer a mujeres, ángeles de la guardia o diosas cuasipefectas que te inquietaban”.
En el diálogo e intercambio de información y de opiniones, la señora Ana fue muy sincera al aconsejarme y dijo que sería un buen comienzo, para crear buen clima en la relación, el hecho de conseguir los veinte euros para el regalo del ‘Pelao’ Narbona.
“¿Puedes conseguir esos veinte euros, Güito?”, preguntó la asesora sentimental más famosa de la isla.
Sin dudarlo le dije que sí, que creía que no había inconvenientes para ello.
“De acuerdo -dijo Ana-. En ese caso debes llevarle lo antes posible esos veinte euros, ni más ni menos que lo que es, y desafiarla. Una de las tácticas que puedes usar es la de enfrentarla como el enemigo que no tiene armas, soldados o estrategias, y decide entonces ponerse del lado de su rival, que lleva todas las de ganar. Por un momento ponte en su lugar: Ella no cree que vayas a pagarle. Es más, ella cree que aprovechaste lo de la recaudación para acercarte y poder hablar con ella. Y encima fuiste dos veces seguidas en menos de 5 minutos, está claro que fuiste las dos veces con la lengua afuera, como perro muerto de sed y pidiendo agua. De allí su actitud desafiante, su mal talante, su gesto odioso y de superioridad. Piensa Güito, ponte a su altura”.
Yo intentaba ponerme a su altura, pero en realidad no podía dejar de pensar que en la cama no hay altura, o mejor aún, en ponerme debajo de ella, o encima si así lo prefiere. Pero claro, todo eso no se lo iba a decir a la señora Ana que seguía aconsejándome como a sus lectoras.
“En segundo lugar -continuó diciendo la señora Ana- tienes que generar algo en tu terreno. Quiero decir que tienes que llevarla a tu terreno cuando ya tengas los veinte euros en el bolsillo. Una vez que sepas que vas a cumplir con la prueba, seguir en el rol de no tenerlos, de no poder cumplir, y hacer que ella se ponga más superior. Y allí, en ese punto es donde le haces pisar el palito y caer en la trampa”.
Convencido de que era muy buena idea, dije estar de acuerdo en todo a mi asesora sentimental, pero en realidad no sabía lo que quería decirme. Es decir, entendía lo que me decía pero no terminaba de comprender cuál era la idea de esta mujer.
“Claro Güito -continuó explicándome esta santa dama que tiene más paciencia que el tango-, tienes que generarle un desafío, pero siempre poniendo gesto e imagen de perdedor. Como dejando que se burle de ti y haciendo que de esa manera ella se sienta muy segura de sí misma, le planteas, por ejemplo, un desafío personal: si tú consigues el dinero antes de fin de mes, ella será la dama que te acompañe a la boda de Narbona ¿Qué te parece la idea?”.
La idea era genial, digna de una mujer que en los últimos 40 años se había dedicado a dar consejos sentimentales por carta. Me pareció un planteo perfecto al que sólo le veía un inconveniente: hasta ese día, y que yo sepa, no estaba invitado al casamiento del ‘Pelao’ Narbona.
Igualmente le agradecí la idea a la señora Ana y me retiré suavemente, bajando las escaleras de Sociales con la calma de un ermitaño.
Al llegar abajo, en el pasillo que va a la Redacción, escuché un grito que me llamaba.

- Güito, querido. Hace dos días que te estoy buscando…
- Hola Pelao
-era Narbona- que ya me enteré de la buena nueva.
- Y sí. Alguna vez me iba a tocar a mi también
-y abriendo la agenda sacó una invitación tamaño baño que me entregó en la mano-. Prométeme que estarás en esta conmigo.
- Prometido ’Pelao’
-le dije y lo felicité con un abrazo sentido.

Le deseé lo mejor y lo hice de forma franca. Realmente el ’Pelao’ Narbona era un tipo excelente, muy buena persona y buen compañero de curro, que había encontrado una muy buena compañera. Claro que iba a ir a su fiesta de bodas. ¿Cómo iba a fallarle al tipo que tantas veces me prestó la oreja? ¿Al que tantas veces compartió una copa conmigo, en mi soledad? ¿Al que tantas veces le pedí dinero…? Cierto. Los veinte euros.
Con el sobre de la invitación en la mano y la propuesta de la señora Ana dando vueltas en mi cabeza, me fui caminando pero con cierta rapidez a las oficinas de Publicidad. Sin pensarlo demasiado, enfrenté a la dichosa Mónica y le dije la verdad, de frente, como es mi estilo.

- Moni, sé que no crees que pueda venir a pagarte y sé que tienes una imagen de mí un tanto distorsionada. Sé, además, que eres muy mujer, con cosas muy claras en tu vida, y que no te permites creer o hacer una mínima apuesta de credulidad en alguien como yo. Pero es esa forma de ser, esa “muy mujer” lo que me encanta de ti y lo que me hace capaz de conseguir el dinero del regalo para el ’Pelao’ Narbona. Por otra parte, Moni… Mónica, se que estás sola como un perro porque ese genio y carácter terminan pasándote factura, y sé que no sales nunca a ninguna parte.
- Yo…
-intentó hablar, pero esta vez fui yo quien la interrumpió.
- Shh. Por favor, Moni, aún no he terminado. Te decía que sé que estás sola y que sé, además, que aún no sabes si ir o no ir al casamiento del ’Pelao’, para no tener que ir sola. Por eso vine a hablar contigo. Porque tu necesitas una ilusión y yo necesito motivarme para conseguir el dinero.
- ¿Cómo?
-preguntó el ángel de la guarda sin girar la cabeza siquiera.
- Shhhh. Déjame terminar la idea, por favor. Vamos a hacer algo, entre los dos, para ayudarnos mutuamente. Es una propuesta. Si yo consigo el dinero en término, entonces irás conmigo a la fiesta. ¿Ok?

Y allí se dio el milagro.
Por primera vez desde que trabajaba en el periódico, sus compañeros de Publicidad la vieron sonreír.
En eso no tiene defectos: ni una muela mal aparcada, ni el labio con acné, ni la piel seca, ni la encía desinflada, ni la lengua corta.
Su sonrisa es perfecta.
Sin mirarme a los ojos pero sin hacerlo sobre sus hombros, con la cabeza gacha observando sus manos jugando con una carpeta arriba de su escritorio, me habló muy despacio. Con mucha suavidad y femineidad me preguntó: “¿Qué te hace pensar que iré contigo?”.
Entonces me subí aún más arriba del caballo de los ganadores y le dije, casi en tono de ofensa, que así no. Que era necesario darse la vuelta, mirarme a los ojos y repetirme la pregunta para que yo, con gusto, le contestara.
No lo hizo.
El orgullo le puso un armazón en la cintura, a modo de pescado, para evitar que pueda girarse.
Sonreí. Fue una sonrisa suave, ni risa ni mucho menos carcajada. Sólo sonrisa suave, pero ganadora. Respiré, tragué saliva y volví a hablarle, esta vez acercándome un poco más a su oído izquierdo:

- Podemos pasarla muy bien juntos. No tengo ninguna duda de ello.

Y me fui. Con un trofeo en la mano derecha y cuatro medallas colgando en mi pecho.
Desde mi escritorio la llamé a la señora Ana para contarle lo sucedido. Se puso contenta porque su teoría de que la música suave relaja a las fieras era la acertada, pero me aclaró que me había apresurado demasiado. “Se nota que le gustas mucho, sino no hubiese dejado que la intimes tanto llegando a hablarle o susurrarle al oído. Ahora conseguí los veinte euros, por favor Güito”·
Pensé en posibles víctimas del préstamo, pero me distraje de nuevo con el correo electrónico.
Otra vez Mónica.
Otra vez su desafío.
“No creo que consigas los veinte euros”, decía su e-mail.
Había pisado el palito.
Alguien me pidió una crónica para la página de Sucesos y eso me hizo poner los pies sobre la tierra. Tenía que trabajar, con tanto flirteo se había hecho tarde y debía poner al día el trabajo.

A partir de ese día, las cosas cambiaron entre Mónica y yo.
Ya no era un cruce frío en los pasillos y aunque a veces sus labios no sonreían, lo hacían sus ojos, su cuerpo, su mirada y hasta sus hombros. Era como que mantenía los labios cerrados pero por dentro, por detrás de ellos, sus dientes brillaban blanquecinos como en la mejor sonrisa que pueda conocérsele.
Llegados los últimos días del mes, entre el 26 y el 28, se atrevía incluso a bromear con lo de la boda: “Apresúrate a conseguir el dinero que sino tendrás que irte solito a la fiesta de Narbona”.
Yo sólo sonreía.
El 29 a la tarde fui a verla a las oficinas de Publicidad. Fue entrar al pasillo de diez metros y notar el silencio general en toda la sala. El resto de féminas -en realidad trabajan allí nueve o diez mujeres y un maricón con mucha pluma- no salía del asombro. Alguna de ellas susurró algo en voz muy baja, que a mí por mi falta de objetividad, me pareció que sonaba a :”Viene a pagarle”.

- Moni. ¿Ya tienes el vestido para ir a la boda? -le pregunté con aires de confianza, de desfachatez.
- Si, claro. ¿Cómo no lo voy a tener? -me contestó.
- Perfecto -dije-. Antes del día 2 te traigo el dinero.

El día 1, anterior al señalado y límite del pago de los veinte euros, las cosas parecían mejorar en el trabajo. A decir verdad, estuve tan atareado que no tuve tiempo de pensar en los veinte euros, de los que recién me acordé como a medianoche. Tampoco me había acordado del correo electrónico en todo el día y cuando quise leerlo, la ‘Neanderthal’ se colgó.
Apagué todo y me fui, estaba bastante cansado y con sueño.
El día D, es decir el día 2, llegué al diario a eso de las 11 de la mañana y antes de llegar al Departamento de Fotografía me topé con Mónica. Con gesto duro, me dijo que estaba bien, que aceptaba la derrota y que con ciertas reservas iría conmigo al casamiento de Narbona.

- Vale… -atiné a decir sin entender nada-. Espero… Moni… Mónica, espero que sepas entenderme… No sé… -otra vez me interrumpió.
- Te espero a las 11 de la noche, ni un minuto más ni uno menos, en mi casa. Te mando la dirección por e-mail.
- ¿A las 11? Pero a esa hora...
-otra vez la interrupción, el muro y el temor.
- A esa hora nada, Güito. El sábado van a cerrar el diario más temprano, para que podamos ir al casamiento. Espero que seas puntual.

Y se fue.
No pudo evitar en ese “espero que seas puntual”, que se le pinchara uno de sus labios y dejara escapar una minúscula parte de su sonrisa.
Mientras observaba la belleza de su ir, mi cabeza batía millones de dudas que se negaban a mezclarse o dar respuestas. Pero una, fundamentalmente una de todas ellas aparecía en letras mayúsculas rojas, encerrada entre dos enormes signos de pregunta dentro de mi cerebro: “¿Llevaré condones el sábado?”.
No puedo con mi genio.
Tuve que esperar a que su cuerpo, con un excelente ir, desapareciera de mi vista para poder volver a pensar de forma coherente. Es decir, no pude pensar en claro hasta que no dejé de ver el cuerito rectangular de la marca de su jean, saludando y saludando.
Volví al pasillo, donde ya estaba, y dirigiéndome hacia Fotografía para buscarlo a largo me pregunté una y otra vez quien le había dado los veinte euros. Las preguntas surgían solas, como por arte de magia, y se mezclaban pero sin tener respuestas: ¿Quién lo hizo? ¿Por qué lo habrá hecho? ¿Por qué aceptó haber perdido mi ángel de la guarda, si yo todavía no le había pagado? ¿Realmente quería ir conmigo al casamiento? ¿Usaré preservativos? ¿Usarán preservativos las hormigas? ¿Cuál es el principal problema de biogenética en Suecia? ¿Ana Obregón será menopáusica?
Nada. Seguían sin aparecer las respuestas.
….
El sábado trabajé muy duro durante todo el día.
Por la tarde, a eso de las 8, me fui hasta casa con el barco de ‘Largo’ para darme una ducha, perfumarme y ponerme traje y corbata. Así vestido, volví a la Redacción a completar la tarea.
Antes de las diez y media de la noche, ya había terminado.
Fui hasta la gasolinera a cargarle algunos octanos al coche fúnebre, compré cigarrillos y chicles, y después de pasarme el peine en el jopo frente al espejo del coche, metí la mano en el bolsillo y saqué el papelito con la dirección exacta de Mónica.
Con calma, como quien no quiere la cosa, llegué a su casa en San José en menos de 5 minutos, pero esperé hasta casi las 11 para llamarla.
“Toca el claxon”, me decía en el mail, “porque no funciona el timbre”.
Así lo hice. Faltaban dos minutos para las 11 de la noche, para la hora prefijada.
Salió enseguida.
Estaba preciosa. Deslumbrante. Única.
“Déjame que te acomode las alas”, le dije bromeando y ella sonrió con todos los nervios que puede tener una mujer que acude, por vez primera, a una cita con alguien que realmente le agrada.

- No seas… pánfilo -me dijo-.
- Soy lo que quieras que sea -fue lo único que me salió de adentro.

Subió al barco con una sonrisa. Un tanto torpe y brusca me dio un beso en la mejilla y antes de encaminarnos a la fiesta me dijo que sabía que iría en el coche de ‘Largo’, mi amigo, y que eso le había hecho ilusión durante el día.
A mitad de camino me habló desde su puesto de copiloto, y mirándome a los ojos pero sonriendo, me encaró sin perder tiempo para sacarse ella, y sacarme yo, alguna de las tantas dudas que ambos teníamos.
No. No me preguntó nada acerca de los preservativos que llevaba en el bolsillo junto a los chicles.
Me preguntó por el dinero.

- ¿Puedo saber por qué me mandaste el dinero con mi tía?
- ¿Con qué tía?
-pregunté realmente desorientado.
- Con la señora Ana. Ella es hermana de mi mamá, y además es mi madrina. ¿Por qué me mandaste el dinero con ella?
- Ahh…
-dije atragantándome- No. No sabía que… que la señora Ana era tu tía. No. Juro que no sabía. Yo…
- Ya. Ya lo sé. Nadie lo sabe. Y nadie sabe que vivo con ella, allí donde me pasaste a buscar. Esa es su casa.
- Ahh.. No. No lo sabía. Yo sólo soy muy amigo de ella…
- Si, si. -volvió a interrumpirme- Eso me lo dijo ella cuando me trajo los veinte euros. Dijo que estabas nervioso y que le pediste que me los diera.

Tartamudeé de nuevo pero le terminé diciendo que era porque estaba muy atareado, que no sabía si iba a poder hacerme un tiempito para dártelo y porque, además, hacía varios días que tenía el dinero en el bolsillo. Que la señora Ana justo pasó por allí haciéndome acordar del pago y que entonces le pedí que le acercara el billetito azul.
“Para serte sincero -aclaré- a la señora Ana le debo varios favores además de esto de hacer que te entregue los veinte euros. Ella es alguien muy especial para mí”.
Mónica coincidió conmigo y comenzó a reírse como si estuviese borracha.
Allí descubrí que lo de tener coincidencias conmigo le agradaba mucho más de lo que me había imaginado.

FIN

I.- El Argentino

El portero del edificio del diario, el que está a la mañana, es más serio y necrótico que la campaña del carné de conducir por puntos en España.
En realidad, más que serio lo que tiene es cara de asesino serial, de resentido social. Además una cicatriz atraviesa la parte inferior derecha de su rostro que le da un toque de hampón de la época de la Ley Seca.
Aunque intentamos averiguarlo con los muchachos de Locales, nunca supimos el origen de esa cicatriz.
Solterón -o al menos eso es lo que se sabe de él- aparenta más de 50 años de edad. Nunca mostró cambios en sus gestos. Ni sonrisa alguna. Ni llanto. Su aspecto es siempre el mismo. Vamos, ideal para jugar al póker.
Venía con calor de la calle esa mañana y toparme al portero del hampa me puso de peor humor. Traté de no darle importancia, así que crucé el pasillo de entrada y pasé por el departamento de Fotografía para ver las novedades de la madrugada. Había ido temprano al periódico, a eso de las 11 de la mañana, con la intención de ver qué había y para charlar un rato con el jefe.
De pie, en la puerta, estaba Largo, Largo Gral, un fotógrafo insensible al que todos los hechos le resultan iguales. En realidad se trata del mejor amigo que tengo en el diario y aunque a él no le gusta que le llamen así, y lo entiendo, al único que se lo permite es a mí.
Le puse el apodo ‘Largo’ por esa viejo vicio de buscar los palíndromos de los nombres propios y de los apellidos.
Además, Largo Gral suena bien para un fotógrafo de un metro y medio de altura, que gruñe cuando se enoja o algo le sale mal y cuyo rostro tiene un parecido único e irrepetible con Ted Cassidy, el actor que interpretaba al mayordomo de Los Locos Addams.
Él, en cambio, y aún sabiendo que eso me molesta, me llama Licenciado, por mi pasado viviendo algunos años en México.
Es, además de mi fotógrafo, un muy buen amigo.
Lo del tema de los apodos es algo en lo que se podríamos decir que estamos a mano.
Largo me puso al tanto de las novedades de la noche: sólo un argentino muerto a balazos, en la madrugada, como a las 5 AM. “Un trabajo ordenado, preparado de antemano” dijo, y agregó: “los azules no saben nada y están totalmente desconcertados con el crimen”.
Le pregunté si había tomado fotos del cuerpo, a menudo el cuerpo de un asesinado -esto me lo enseñaron los policías viejos- dice más que los testigos presenciales.
“No muchas”, fue la respuesta de Largo, y puso los negativos sobre la mesa de visualización. Había tomado tres o cuatro fotos del cuerpo, la misma cantidad en cada una de las heridas mortales, el lugar de los hechos, su casa, su coche y una prostituta de la zona que andaba rondando por ahí cuando se produjo el asesinato.
Pensé, por la calidad de las imágenes de la trabajadora del gremio de la carne, que ella había sido testigo del hecho o había escuchado o visto algo o que había brindado sus servicios al occiso; pero no. “Nada que ver, Licenciado. A la putilla le saqué las fotos a cambio de un trabajito que me hizo. La conocía, es una chupóptera insaciable”, explicó Gral.
Al final, un pequeño rollo de negativos -Largo se niega a trabajar con cámaras digitales- mostraba las imágenes de una mujer llorando, como desconsolada.

- La novia -dijo el fotógrafo-.
- ¿La novia de la puta? -le pregunté-.
- No, Licenciado. La novia del muerto, del argentino.

El muerto no era un tipo cualquiera. Abogado de profesión y argentino de nacimiento, vivía en Ibiza desde los años ‘80. A principios de esa década llegó a España y tras algunos años en Barcelona y en Palma de Mallorca, se instaló definitivamente en las Pitiusas en el ‘85.
En 1988, aproximadamente, comenzó a hacer fortuna. Por los buenos contactos que manejaba a nivel político, obtuvo en ese entonces la habilitación de un Notariado, y eso, tras 20 años de trabajo, le permitió amasar una pequeña suma de dinero. Buenos ahorros.
Bien parecido, vestía siempre con mucha elegancia y era tan sociable y simpático como Ana Obregón promocionando uno de sus novios nuevos.
Rubén Aparicio González (los dos primeros son nombres) no aparentaba tener enemigos.
Largo me pasó todos los datos que tenía y de inmediato me fui a hablar con El Viejo, el jefe.
El Viejo era el Secretario de Redacción del periódico; un tipo sin formación académica o intelectual pero con mucho oficio. Tenía unos 60 años y fumaba más de lo que respiraba. Sabía lo que escribía pero, fundamentalmente, sabía manejar el periódico. Yo era una de sus mejores armas en el diario y teníamos una relación de amigos más que de trabajo.
Además, siempre que necesitaba algo recurría a él.
El Viejo me contó lo que sabía: un argentino muerto por dos balazos, uno en el brazo y el otro en el corazón. “Murió en el acto”, dijo.
Pensé que era buena idea entrevistar a la novia del muerto, pero el Viejo ya había mandado a Paco Suárez, uno de los reporteros más inútiles del diario. Para aprovechar la salida, lo había enviado a hacer dos entrevistas: una a un travesti al que habían golpeado en la madrugada en una de las calles cercanas al Puerto Marítimo de Formentera y la otra a la novia del difunto argentino.
“Tá bien” le dije y me fui a hablar por teléfono con uno de mis contactos en la Policía Municipal, un viejo amigo de tertulias que hacía las veces de comentarista deportivo en una radio local y, cuando podía, corría en moto. Tenía un cargo importante y siempre que podía me filtraba información muy buena.
Buen tío, salvo por el hecho de adorar al Real Madrid más que a su mujer.
No es que tenga algo en particular con el Real Madrid, pero es que su mujer merece todas las adoraciones. Es un chiringuito de playa la catalana: tiene de todo.
Con mi amigo conseguí alguna información más, pero nada de vital importancia.
En efecto, el argentino no tenía enemigos, al menos que se le conocieran, pero tampoco había sufrido un asalto en el momento de recibir los dos balazos. Su coche había quedado abierto y con las llaves puestas, su cartera quedó íntegra con más de 600 euros dentro y un hermoso anillo de oro y un reloj de la marca Rolex adornaban su mano izquierda que, al igual que él, perecía sin vida cuando lo encontraron.

- ¿Cuándo lo encontraron ya estaba muerto? -le pregunté-.
- Confirmado -dijo el policía-. Y además ya le habían dado los dos balazos. -agregó-.
- Que putada… ¿Y saben quién lo encontró? -insistí con otra pregunta-.
- Un travesti…
- Ya se. Uno que golpearon y le dejaron un ojo negro.
- No -dijo el municipal-. Uno de los nuestros. Estaba de servicio y hacía una ronda con el uniforme nuevo. Una falda azul, plisada. Le queda preciosa.
- Mira que bueno. ¿Los policías travas pueden usar faldas? -insistí con mi tercer pregunta-.
- Si, si así lo desean. A Roberto… eh, perdón, es la costumbre. A Mara le encanta usar faldas. Además le sientan bien. No se, es como que lo hacen… bueno, ‘la’ hacen más femenina.

El municipal me contó, además, que el muerto no tenía deudas ni conflictos que pudieran suponer la presencia de alguien que quisiera cargárselo. No había en su pasado español nada raro; sin embargo estaba claro que se trataba de un ajuste de cuentas.
Antes de irme, insistí con una cuarta pregunta:


- ¿Se puede confirmar que Mara está operada?
- Si -dijo el oficial mirándome a los ojos-, pero por ahora sólo de los pechos. Es que la otra cirugía es bastante cara, pobre Rober… eh, pobre Mara. Está ahorrando para hacérsela. Mientras tanto sigue meando de pie.

Paco Suárez llegó al diario pasado el mediodía y me fui tras él a la oficina del Viejo. Nos reunimos los tres y el fotógrafo que había acompañado a Suárez.
No habían traído nada.
Según dijo el inútil reportero el travesti lo atendió por la ventana de una casa con rejas, explicándole que no iba a hablar y que nadie la había golpeado. Paco aseguró que el travestido estaba muy mal anímicamente, y que temblaba y lloraba al mismo tiempo.

- Además aseguraba haber perdido al hombre de su vida -explicó Suárez- Joder, parecía una mujer.
- Bueno Paco, ¿en qué quedamos? ¿Dijo haber perdido al hombre de su vida o a la mujer de su vida? -pregunté con mala leche-.
- Al hombre. La que parecía una mujer era el travesti.

La novia del argentino, en tanto, “prefirió no hablar de su novio y me insistió para que le haga una entrevista por un golpe en su ojo izquierdo”, agregó el reportero.
El Viejo me miró con un gesto de disconformidad antes de que el inútil terminara de hablar. Me cerró un ojo y me hizo una mueca con la cara, que fue más que suficiente para entender lo que había pasado. El Viejo estaba a punto de hablar pero lo interrumpí con la frase que uso siempre con él:

- Un momento jefe -imitando a Maxwel Smart-. Creo que va a ser mejor que Paco me acompañe para que vayamos juntos a intentar hablar con las dos mujeres. Bueno, quiero decir con el trava y la novia del argentino asesinado.
- De acuerdo -dijo el Viejo mientras encendía otro cigarrillo con el que iba a apagar-.

Camino al coche pasé a buscarlo al fotógrafo.

- Largo, acompáñame y trae las fotos del argentino -le dije-.
- ¿Las del Diego? -preguntó el infeliz-.
- No. Las de Maradona no. Las de González, el que mataron anoche.
- Es que sólo tengo de cuando estaba muerto. De González, en vida, pude recuperar sólo una foto carné 4 x 4 color con fondo blanco que se había sacado hace un par de años en el laboratorio de unos amigos.
- Tráelas a todas. Y vamos en tu coche, así las voy revisando mientras conduces.

Subimos al barco del Gral -es un ex coche fúnebre reformado, de unos 8 ó 10 metros de longitud- y apenas nos pusimos en marcha me giré en el asiento delantero y le dije de todo al imbécil de Suárez, por haber confundido a las dos destinatarias de las entrevistas.

- No puedes ser tan inservible, Paco. La tía que estaba encerrada en la casa con rejas no era el travesti, era la viuda. O bueno, la novia del muerto.
- Ahhhhh.
- El trava era el que tenía el ojo negro.
- Ahhhh.
- ¿No te diste cuenta? ¿Dónde vivís, en un iceberg?.
- Con razón que parecía una mujer hecha y derecha. Era una tía.
- Claro que era una tía, infeliz. Era la novia del muerto.
- Perdona Güito, lo que pasa es que últimamente con eso de la violencia de género, cada vez que ves un ojo negro resulta ser el de una mujer. Jamás pensé que detrás de ese antifaz se escondiera un hombre.
- Claro que sí. No siempre se esconde un bandido detrás de un antifaz.
- Ahhh.

Estaba a punto de mandarlo a la mierda y bajarlo del coche cuando Largo me puso los pies sobre la tierra: “Tranquilo Licenciado. No se ponga loquito que se le va a subir la presión al 22 y éste no vale ni para un dolor de cabeza. Además, no se olvide que fue usted el que lo hizo entrar a este tío al periódico. Mejor cálmese y deje que la sangre siga su cauce que no estamos para sustos”.
Tenía razón.
Paco era aún estudiante de periodismo cuando lo convencí al Viejo para que lo metiera de redactor con la intención de que vaya haciendo sus primeras armas.
Fue un favor que le hice a su hermanita Guadalupe, porque siempre que lo necesité ella me hizo el favor a mí. Tenía el mejor cuerpo de la isla y lo usaba mejor que un contorsionista. Fue hace casi 10 años, en esa época Paco era mejor redactor que ahora pero su hermana, en cambio, mejora con los años. “Lupita, hermosa cosita“ le decían en San Antonio. En realidad era tan imbécil como Paco pero con un cuerpo, una sonrisa y una piel envidiados en todas las islas Baleares.
Cuando llegamos al centro, Largo se las arregló para aparcar frente a la casa del travesti y allí mismo lo dejamos al inútil para que haga la entrevista. “No te olvides que éste es el travesti al que atacaron y golpearon, por eso tiene un ojo negro”, le recordé a Suárez con la calma que logré pensando en su hermana.
Dos minutos después llegábamos a la casa de la novia del argentino.
La mujer nos recibió con mucha amabilidad, e incluso nos hizo pasar a Largo y a mi, a la sala.
La bonita viuda -o casi viuda- estaba realmente compungida por lo que le pedí a Largo, con un cierre de ojo y una mueca hecha con la mano como si estuviese espantando moscas, que no le tomara fotos en ese estado.
Ella se disculpó enseguida por su imagen. Realmente, su rostro estaba muy demacrado por el llanto y por la situación que había vivido en las últimas horas:

- Es que, además de todo lo que estoy pasando por la muerte de Rubén; encima de toda esa brutalidad y de su asesinato -decía la mujer sollozando- encima tengo que soportar a periodistas que me toman de travesti.
- ¿Cómo? -le pregunté sorprendido-.
- Sí. Se los juro. Fue esta mañana, un reportero me aseguraba que yo era un travestido y que me habían golpeado…
- Joder -dije y pensé para mis adentros que no sólo Paco había confundido a las mujeres. ¿Cómo pueden existir dos reporteros que confundan a esta belleza de mujer con un trava?-. Hay de todo en la viña del Señor.

Atendiendo al momento, le pedí a la mujer que se calmara, a la vez que le avisaba a Largo con otro cierre de ojo que guardara definitivamente la cámara. Como no lo entendió de una, le insistí con una señal de mi mano derecha haciendo el gesto de meter dentro de algo, de arriba hacia abajo con la mano en racimo.
El fotógrafo pensó que le indicaba otra cosa y empezó a hacer gestos para irse, guardando sus cosas.
Otra vez le indiqué con la mano que no; que se quede pero que guarde -nuevamente el gesto de la mano en racimo- la cámara. Respondió con el dedo pulgar en alto y sin disimulo alguno, ya optó por despedirse y empezar a salir de la casa.

- Bueno... Yo mejor me voy, Licenciado -dijo el muy tonto haciéndose el desentendido como perro que volteó la comida-.
- Que no Largo. Que no. Que te quedes pero que guardes la cámara -terminé diciéndole-.

Por fin lo entendió.
Esa siesta no iba a haber lugar para las instantáneas. Además, ya teníamos fotos de la mujer.
Largo comprendió lo que le pedía; me conoce desde hace muchos años y sabe cuando necesito un favor de él.
La novia del occiso, de nombre Elisa, era muy dulce y sensible, en especial por la música. La sala donde nos recibió estaba llena de cajitas de música, hecho que relacioné inobjetablemente con su nombre.
Elisa tenía buenos hombros, busto apetecible y un poco más elevado que el de una mujer de su edad; labios carnosos y una falda negra silueteaba dos piernas que rayaban la perfección.
Se sentía sola y desconsolada, y eso se notaba en su rostro.
Para romper el hielo le dije que había conocido a su novio en vida, que me había realizado varios trámites personales en su Notaría, y que sin duda era un buen tipo.

- No tengo dudas -le aseguré a la mujer-. Rubén no tenía enemigos.
- Yo tampoco lo creía -contestó ella sin dejar de llorar-. Pero había alguien que no lo quería.

Ante el llanto de Elisa, me acomodé en el sillón grande, a su lado, y la tomé de las manos para tratar de consolarla.
Era como si un ataque de ansiedad se hubiese apoderado de ella.
Le dije que se tranquilizara, que se iba a encontrar al culpable. “Es lo que espero” dijo, y volvió a insistir con el tema de que existía alguien que no le quería.
Rubén González, de acuerdo a lo que estaba diciendo su novia, tenía un enemigo.
La mujer nos dijo que había algo que no se había animado a contar a la policía, quizás por el shock que había sufrido minutos antes de que le tomaran declaración o quizás porque ninguno de los uniformados se lo había preguntado.
“Hace unos días Rubén recibió una llamada telefónica de un desconocido desde un móvil de esos que no te indica el número de donde te llaman, y en esa llamada un hombre en tono anglosajón le hizo una amenaza. Algo así como que iba hacerle pagar por lo que había hecho, por ‘aquellos festejos’ le dijo textualmente el inglés, en un castellano que Rubén comprendió muy bien y que luego me transmitió a mí, ese mismo día. Mi novio insistió en que le habían hecho la amenaza por ‘aquellos festejos’”, afirmó la mujer.
Para Elisa su novio había relacionado el hecho con el fútbol. “A él, como a casi topos los argentinos, le encantaba el fútbol”.
Para Elisa, el crimen de Rubén González tenía sus orígenes en ese deporte.
Para Elisa era el tema que sonaba en las cajitas de música.

- ¿Podrá quitar esa música que no cesa? -le pregunté a la mujer sacándola de tema-.
- Lo haría con todo gusto pero llevo tres días tratando de descubrir cuál de las cajitas musicales es la que suena. Sin dudas es una que funciona a pilas, no a cuerda, por lo que deberé esperar a que termine la batería.

Nos miramos con Largo como diciéndonos algo y tras algunos segundos de silencio, él me sugirió, volviendo al tema del asesinato de González.

- Licenciado, ¿tendrá algo que ver la mano de Dios en todo esto?
- ¿Cómo? -le pregunté- ¿Me estás diciendo, Largo, que crees que hubo una mano extraña o desconocida que puso en marcha la música en la sala?
- No, Licenciado. Estaba hablando del asesinado de Rubén González.
- Ah. Ok -dije sorprendido-. Creo que has dado en la tecla.

Exacto.
Estaba clarita la estafa: un balazo en el brazo y el otro en el corazón. Algo había en todo este crimen relacionado con el Mundial de México de 1986.
Largo no tenía dudas de que podía ser eso y Elisa estaba segura de que tenía relación con el fútbol. Pero yo tenía aún algunas dudas: ¿Quién había abierto la cajita musical con ese sonido insoportable? ¿Cómo puede una persona vivir escuchando constantemente el inexcusable tema ‘Para Elisa’? ¿Habrá ganado tanto dinero González como para que esa tía, estando tan buena como estaba, fuese su novia? ¿Eran naturales las tetas de Elisa o estaban operadas? Y, finalmente, ¿qué número había salido la noche anterior en la lotería?.
Tenía que averiguarlo.
Salí de la casa de Elisa tras abrazar, besar y dar mi más sentido pésame a la joven viuda.
Mi abrazo la contuvo a la vez que sirvió para detectar la falta de calor de aquella mujer.
Su desconsuelo.
Su dolor.
Su soledad en aquel momento.
Y su cuerpo pegadito al mío. ¡Por Dios, qué mujer! Cuánta carne tan bien repartida.
Largo sólo le dio la mano.
“Trataré de averiguar lo que ha sucedido” le dije, y nos fuimos.
Lo que le dije, lo tomó al pie de la letra, como una promesa.
Ni bien arribamos nuevamente al periódico me fui a verlo a Dick, el inglés: un lúcido comercial que trabajaba en Ventas atendiendo a grandes clientes. Llevaba muchos años en Ibiza y conocía muy bien a sus compatriotas. Hablando un español decididamente cruzado, Dick Steven Jiménez fue inglés por casualidad, porque su padre -un marinero español de toda la vida- se enrolló con una inglesa en un puerto británico y fruto de esa relación él vino al mundo. Pero en realidad llevaba muchos años viviendo en la isla.
Buen tipo, Dick adora el fútbol con la violencia de un hooligan inglés y la pasión de un barra brava argentino. Habla un castellano sumamente cerrado, con un claro acento inglés en su pronunciación. Pausado en la forma de hablar, se toma todo el tiempo del mundo para analizar un problema y, como todo inglés, encontrar la solución más acertada. Cauto, perseverante y analítico, Dick Steven Jiménez conoce como nadie a los británicos, maneja los tiempos como un reloj suizo, sabe a qué hora llegar a tiempo aún llegando tarde a una cita con un español y posee una enorme lista de chistes de españoles, otra de polacos y otra de argentinos.
Además, nunca se le escapan los números de la lotería.
Alguna vez intentó dejar apagado el móvil, pero le resultó imposible: “Fue más fácil dejar de fumar”, dijo.
Nunca, bajo ningún aspecto, va a tener una respuesta negativa a algo; siempre va a intentar cumplir un proyecto. Le conozco a Dick muchas virtudes. Todas las que tiene. Y un solo defecto: considera que Pelé fue mejor jugador que Maradona.
A veces pienso que lo dice para hacerme enojar.
Jiménez me recibió en su oficina y escuchó atentamente los hechos tal como se los fui narrando.
Me dijo que en caso de tratarse de un asesino inglés que había visitado la isla con un objetivo claro, éste andaría en un automóvil grande, con volante a la derecha como los que alquilaban en alguna empresa de renta de coches, y perfectamente sobrio y elegantemente vestido.
Los datos me servían.
Lástima que no había leído los números de lotería.
Me fui nuevamente a la oficina del Viejo y éste me pidió que le acompañara afuera, que quería fumarse un cigarrillo.

- Un momento jefe -volví a decirle, y recogí lápiz y papel para tomar nota-.

En la acera el Viejo me preguntó qué tenía sobre la mesa.
Le dije la verdad.

- Están las dos botellas de cerveza vacías que me tomé anoche con una pizza, la caja de cartón de la pizza, un mechero negro…
- No. No. No. -me interrumpió el jefe- No me refiero a esa mesa, Güito. Me refiero a qué tienes sobre el asesinato del argentino.

Tras contarle con pelos y señales hasta el último detalle, el Viejo apagó el cigarrillo con el que acababa de encender otro y nos metimos adentro. Nos pusimos de acuerdo en llamar a algunos hoteles que utilizaban los ingleses cuando venían a la isla, para verificar si había visitantes de dos o tres días. Si bien era normal que llegaran turistas de distintos rincones de Europa por dos o tres días, no era normal que lo hiciesen en días de semana.
Con el jefe ya trabajábamos sobre la teoría de que el asesino del argentino Rubén González había sido un inglés que había arribado a la isla con la única intención de vengarse de algo así como un festejo.
Además, descartamos la posibilidad de que el asesino haya sido alguien de la isla y que haya sido por deudas o impagos.
Finalmente, y de acuerdo a las fotos que tomó Largo, descartamos con el jefe que los disparos hayan sido hechos al azar; que las tetas de Elisa hayan sido operadas y que la prostituta chupóptera cobre más de 10 euros por una francesa.
Aunque aún desconocíamos los motivos, suponíamos que aquel asesinato tendría relación con el Mundial de México ‘86 y con la famosa ‘Mano de Dios’ con la que Maradona consiguió uno de los dos goles de Argentina ante Inglaterra.
Mientras llamaba a los contactos que tenía en algunos hoteles, se me dio por telefonear a mi amigo, el jefe de los municipales.
Me pidió que nos juntásemos a tomar un café y allí le conté mis sospechas.
Estábamos intercambiando datos, cuando una llamada del Viejo me alertó de que en un hotel rural, de esos que empezaban a estar de moda por ese entonces, había un inglés instalado que había contratado servicio sólo por tres días: martes, miércoles y jueves.
Largo me pasó a buscar con su barco y nos fuimos al hotel que estaba en jurisdicción de Santa Eulalia del Río.
El conserje o encargado nos aseguró que la persona que estábamos buscando acababa de retirarse y que se había ido con cierta urgencia, como si vinieran a cobrarle o se estuviera haciendo en los pantalones.
El inglés se había registrado como A. C. M. P. T. de Rody Jazz, según constaba en el libro de entradasd. Es decir con tres nombres (A. C. M.) y dos apellidos (P. T.). Rody Jazz era el pueblo o localidad inglesa donde tenía domicilio.
Volvimos a comunicarnos con los municipales, que ya estaban actuando para que A. C. M. P. T. no se escapara de la isla.
Corté y de inmediato mi móvil volvió a sonar con un número desconocido.
Era Elisa.
Su voz en el teléfono sonaba tan suave y sensual como su piel.
Me dijo que era muy importante que fuera a verlo al domicilio de la Notaría de su novio, Rubén González.
Allá fuimos con mi fotógrafo.
En la oficina, que era además la residencia fija de su novio, Elisa nos recibió con más calma que la vez anterior. Su rostro estaba más tranquilo pero seguía demostrando soledad. En seguida me vio y se echó a mis brazos. “Es terrible, señor Cruz”, dijo, y se largó a llorar.
Estaba claro que había encontrado algo muy feo.
Estaba claro que había recibido una nueva estocada en la herida.
Estaba claro, además, que sus tetas no eran operadas.
Le pedí que se sentara mientras Largo buscaba un vaso con agua.
Cuando pudo, habló. Dijo que no encontraba los vasos. Le dije que se fijara en un minibar, y en efecto, allí estaban.
La mujer, en tanto, balbuceó algo sin decir nada y entonces señaló el contestador automático del teléfono.
Me levanté, caminé hasta el aparato electrónico que registra las voces y vi la luz verde encendida.

- Aquí no hay vasos, Elisa -dije-.
- No Licenciado -comentó Largo-. Doña Elisa quiere que escuchemos el aparato.

Lo entendí enseguida. Accioné el rebobinado de la cinta y de inmediato se activaron los mensajes: uno de su hermana que desde Argentina le pedía dinero para ingresar a su madre en un geriátrico; dos de un amigo de Argentina informando no se qué cosa de Racing Club de Avellaneda y el crustáceo de una lora; uno de un amigo de San Antonio invitándolo a una cena y el último, un mensaje con un acento inglés muy particular.
Allí detuve la cinta para escucharlo con atención: “Querido aryentinou. Seguro te sorprende mi iamada, pero tenemos que aclarar eah, algunas asuntos. Búscami, esta noche a mediounoche, en el caiejón detrás de Iglesia de Santa Cruz. Si tú no vas buscarme, entonces yo vendré por chí. Aún recuerdo cómo festejas goles en 1986. Goles de Maradona a Inglatera en país de Méjico. ¿Lo recuerdos? Io si. Lo recordo perfectamente. Éramos en bar de Puerto de Ibiza, y cada goul de tu país lo gritabas en mai cara. Lo recordo perfectamente. Ese día risa para ti. Ahora que te encontro, riso io. Jajajaja”.
La luz azul del contestador indicaba que ya no había mensajes grabados.
Fue el inglés, estábamos en la pista segura.
Estaban llegando los municipales cuando nos retiramos de la casa de González.
Siempre tarde, como el Sargento García.
Con Largo nos fuimos al periódico, le informé las novedades al Viejo y en medio de la charla sonó mi móvil. Era el municipal avisándome que acababan de detener al inglés en una gasolinera y que le estaban requisando el coche en el que andaba.
Nos fuimos como balas.
Largo vació varios rollos de fotos. No eran exclusivas pues ya había otros medios en el lugar porque se trataba de una gasolinera céntrica y archiconocida por los ibicencos, pero sin dudas sería una buena crónica para el periódico.
El inglés, que había estado de vacaciones en julio de 1986 en Ibiza, había conocido a González en un bar de la zona de La Marina, en el Puerto de Ibiza, donde el notario acudía cada día. Lo conoció el día en que Maradona hizo los dos goles más recordados de la historia del fútbol en el mundo entero, y los dos goles, como el británico lo dejó grabado en el contestador automático, se los gritó en la cara, hecho normal entre los seguidores de un equipo de fútbol en Argentina o en España.
Por casualidad, o quizás porque estaba escrito debajo de la pata de alguna mesa de billar de la isla, inglés y argentino se sentaron uno al ladito del otro en el bar, aquella tarde, y vieron juntos el partido. González fue cliente habitual de ese bar incluso hasta el día de su muerte, por lo que no le fue difícil al asesino saber quien era el burlón.
Rubén Aparicio González, fanático y ferviente seguidor de la Selección Argentina de fútbol, le gritó los dos goles al inglés en el bar: el de la Mano de Dios, que Peter Shilton aún reclama a la FIFA, y el del largo desfile de calidad futbolística por todo el campo de juego, aquel enorme derroche de genialidad con la pelota en el que Diego Armando Maradona fue haciendo caer a los ingleses, en el trayecto de ida a la portería, como si fuesen palos de bowling o fichas de dominó.
Ese gol, que el propio Maradona definió después del partido, como el del corazón: “Lo hice con el corazón”.
De ahí los balazos.
.....................
Esa noche terminé temprano. Con lo del inglés asesino llenamos una página y media, y con lo del trava la otra mitad. Paco finalmente hizo una buena entrevista al del ojo negro que, paradójicamente, había sido golpeada por Rober… perdón, por Mara. Celos entre travas.
Al salir pasé por Fotografía a buscar a Largo. El pequeño me acompañó un rato al velatorio de González.
Fuimos a acompañar a Elisa.
Aún me quedaban algunas dudas.

FIN