Después de fabuloso caso del argentino asesinado por un inglés, la semana siguiente me tomé unos días de descanso.
Nada interesante aparecía en el Orden del Día de las noticias locales, solo y aburrido desde que me dejé con mi última novia que no quiso casarse, y con el Español ya sin peligros de caer en el descenso -salvado por el entrenador argentino Mauricio Pochetino-, no me quedaba otra esos días que levantarme tarde y aparecer en el periódico después de la comida del mediodía.
Como a las 4 de la tarde saludé en Portería.
En el Departamento de Fotografías no había ni rastros de fotógrafos y el Viejo no iba a aparecer hasta las 6 de la tarde.
Me senté cómodamente en mi máquina ‘Neanderthal’ y después del tiempo necesario para encenderla me dispuse a revisar mi correo electrónico.
No había nada en especial, un par de promociones pornográficas de esas que saturan los e-mails; una publicidad de viajes, hoteles o turismo donde te pagaban para que vayas a conocer las Islas Nosecuanto y una de un grupo de compañeros de trabajo, del diario, avisándome que tenía que poner 20 euros para el regalo del Pelao Narbona, que se casa.
Me pareció muy buena idea. A decir verdad, en un diario no es fácil mantener una buena relación con “tutti le fioqui” pero con el 'Pelao' era imposible llevarse mal. Además, conmigo se había portado bien cientos de veces y por ser un soltero empedernido, igual que yo, habíamos compartidos miles de cafés, cigarrillos, nostalgias, bromas y salidas de fiesta.
“¡Qué aguante!”, pensé. El Pelao se iba a casar a los 48 años de edad y me pareció lo más merecido de los 20 euros del regalo. Era un aporte más que justificado el de su regalo.
El mensaje enviado a todos los de la Redacción decía bien claro y en letras mayúsculas azules, al final del texto: “Entregar el dinero a Mónica”.
¿A qué Mónica?
La dama en cuestión era un ángel cuasi perfecto del área de Publicidad, que mas allá de un par de ojos verdes y un cabello castaño claro, no tenía defectos.
Era perfecta.
Mónica tiene la sonrisa de Paz Vega, el cuerpo de Elsa Pataky -de frente y de perfil-, la voz de Anne Igartiburu, la nariz de Raquel Revuelta, el swing de Shakira y la simpatía de Gargamel, el brujo alquimista de Los Pitufos.
Metí la mano en el bolsillo de atrás, el izquierdo, y saqué la cartera. Había exactamente 15 euros sumados en billetes de 5. Mi reloj me indicaba la fecha 24 del mes y el correo electrónico, aún abierto en mi computadora ‘Neanderthal’, explicaba que era necesario pagar antes del día 2 del mes siguiente.
El mensaje, de acuerdo a lo que pude comprobar con un rápido repaso, había sido entregado a todos los de Redacción. A todos.
Entré a Publicidad, donde siempre hay mucha neurosis, y haciéndome el estúpido como el que se tiró el pedo pero no quiere asumirlo, mirando como por encima pregunté:
- ¿Quién es la Mónica ésta a la que hay que darle el dinero del regalo de Narbona?.
- Shhhh. Soy yo, imbécil -me contestó la cuasi perfecta con más genio que la madre de Aída y el Luisma-. Pero habla despacio que Narbona anda por acá y puede escucharte.
- Que escuche -le contesté con firmeza pero con educación-. Si en el mail que mandaron también está la dirección de él.
- ¿Qué dices? Como le van a mandar el mail a Narbona…
- Bueno, si no me crees no es mi problema -le contesté con un poco de soberbia-. Yo también me anoto. Me gusta la idea. Espero que elijan algo bonito.
Y me fui.
Antes de traspasar la puerta me apoyé en el marco, giré la cabeza y agregué: “Cuando revises los destinatarios del mensaje, Mónica, fíjate si además del mail del Pelao Narbona figura algún ‘imbécil’, porque la mía seguro que no es. Hugo Orlando Cruz soy yo, Güito para los amigos. Te aviso por las dudas, no vaya a ser cosa que me busques en la lista como ‘Imbécil’ y no aparezca. No lo digo para que lo hagas ahora, sino a la hora de anotar a los que ponen el dinero para el regalo”.
El ángel de la guarda de Publicidad no contestó nada. Tampoco me imaginé que gesto habrá hecho.
Camino a la Redacción del diario, me dieron ganas de volver a ver esta preciosidad que Dios nos había enviado al periódico.
Entré al baño, me acomodé la ropa delante del espejo: la camisa adentro del vaquero y éste colocado a la altura de la cintura, no como lo usan ahora los chavales que se ajustan el cinturón a la mitad del culo. Peiné con los dedos los pelos del bigote y de la barba, y me lavé la cara para estar más fresco.
Además, necesitaba buscar un pretexto.
Volví a Publicidad alegre, saludando a todo el mundo y con muy buen humor. Necesitaba volver a verla porque la primera impresión fue muy buena, pero no la había contemplado en todo su esplendor. Quiero decir, que no la había visto de pie, ni había observado como le quedaban los jeans, de frente y de perfil, ni había prestado atención a sus pestañas que siempre dicen todo de una mujer.
Al fondo de un pasillo de unos diez metros de largo, formado por escritorios y computadoras, la vi. El sol que entraba por la ventana le daba en el perfil de su rostro. Esta vez estaba de pie y de perfil; y salvo por una minifalda verde que llegaba apenas arriba de las rodillas, no tenía defectos.
Estaba preciosa.
Podría haberme quedado con eso, solamente, y me iba feliz y contento. Pero no. Uno insiste, tentado en conocer algo más que la piel del cordero.
Me acerqué a la bestia con un escudo en la mano izquierda y una lanza en la derecha, y la saludé atentamente y hasta con gracia.
Su respuesta fue, como no podía ser de otra manera, totalmente escéptica, fría, calculadora y odiosa.
- Hola. -dijo. Entonces insistí.
- Moni…
- Mónica! Para ti, que no nos conocemos, soy Mónica.
- Ok. Perdón. Móni…ca, te molesto por lo del casamiento del ‘Pelado’ Narbona -le dije y no me dejó seguir hablando-.
- Sí. -interrumpió y abriendo su agenda en una hoja que contenía una larga lista de nombres, comenzó a buscar el mío-. No. No te tengo todavía en la lista, es que pensamos que no te ibas a sumar. Ya te anoto así te quedas tranquilo.
Empezó entonces a anotar mi nombre, subrayó luego con mucha prolijidad una delgada línea a su lado y cuando se disponía a anotar los veinte euros convenidos, la frené. Le puse la mano, suave, en el antebrazo.
- Espera. Vine a confirmarte que voy a poner los veinte euros, pero que no puedo hacerlo ahora. No tengo ese dinero ahora y, francamente, si lo tuviera lo necesitaría para comer. Vengo a pedirte que me esperes a cobrar… -otra vez me interrumpió sin dejarme terminar de hablar-.
- El mail -dijo con mas cara de asco que Rajoy al hablar de Zapatero- es muy claro, Cruz. Hay que aportar antes del día 2 del mes que viene. Sino, no sirve. Además, quiero ser honesta contigo como lo soy con todo el mundo pues no existen motivos por los cuales no serlo contigo: No tengo buenas referencias tuyas, Cruz. A menudo te comprometes y no cumples, y además no eres bueno administrando tu dinero. Bueno, eso es al menos lo que llegó a mis oídos en esta oficina de Publicidad.
No se por qué, pero me digné contestarle. Quizás, seguramente, porque mientras hablábamos y conversábamos en ese tono no me quitaba los ojitos verdes de encima, o porque los pómulos se le ponían rojos cuando se alteraba, y eso la hacía más bonita.
Le dije que en todo caso -siempre con mucha calma- lo de mi dinero y su administración, eran un tema pura y exclusivamente mío. Y volví a insistir con la posibilidad de cobrar el 1 o el 2 del mes siguiente y entonces poder pagar. Pero otra vez no me dejó terminar la frase.
“El dinero se lo vamos a dar -me dijo, siempre hablándome sobre su hombro, sin mirarme mucho a la cara y mucho menos a los ojos, como si le diese miedo- el día 2, que es el día previo a su casamiento. Y se lo vamos a entregar por la noche. Es el último día que él trabaja porque no vuelve ya hasta el día 2 del mes siguiente”. Allí se detuvo en su verborragia, me miró a los ojos dando un cuarto de giro en su cuerpo, y como con odio remató la frase: “¡No podemos esperarte, Cruz!”.
Me quedé atónito. Por un momento pensé para mis adentros: “¿Qué le pasa a esta imbécil? ¿Está disfrutando con el hecho de que yo no pueda aportar en término la suma para el regalo o es sólo una impresión mía? ¿Qué se trae entre manos?”.
Le dije solamente “Ok” y le confirmé que conseguiría el dinero antes del día 2 del mes siguiente, que no se preocupara. Todo esto mientras me retiraba del lugar, sin volver la mirada.
Mientras caminaba por el pasillo, como si nada, tuve la sensación de que Moni… eh, perdón, Mónica me seguía con la mirada. Quiero decir que tuve la sensación de que me miraba las nalgas.
Volví a la Redacción, sin mucha prisa porque había poco para hacer.
Por un momento pensé en el dinero y en las posibilidades que tenía de conseguirlo, pero me distraje pensando más en el ángel de la guarda de Publicidad. ¿Por qué me había dicho que no existía motivo alguno por el cuál no ser sincera conmigo? Incluso lo remarcó. “Esta señorita -pensé- ángel de la guarda de Publicidad, tiene algo conmigo que la emociona y la saca de quicio y por ello se disfraza de enojona, para poder defenderse”.
Pensé, además, en la remota posibilidad de poder partirle la boca con un beso, con veinte besos; pero enseguida la cifra me puso los pies sobre la tierra. Tenía que conseguir el dinero.
Ordenando las ideas volví al baño y en medio del pasillo acomodé los pensamientos como si fueran páginas numeradas. “Lo primero es lo primero”, dije en voz alta y con el dedo índice de mi mano izquierda señalando el cielo a la altura de mis sienes, después vamos a darle lugar a lo otro. Con esto quería decir que lo del dinero, en este caso, era totalmente secundario.
Sin dudarlo un instante, siquiera, me fui a hablar con la señora Ana, porque ella iba a saber darme una respuesta.
Subí las escaleras hasta el despacho de Sociales y allí la encontré sentada en su escritorio y delante de una vieja Rémington verde militar que tecleaba todas sus letras menos la “A”, como la de Benjamín Expósito. Estaba concentrada delante de v un papel apenas escrito y con sus anteojos puestos. Toda la paz interior que reflejaba su mirada no hacía otra cosa que revisar, una a una, las cartas que a diario recibe en su Apartado de Correos.
“Señora Ana -le interrumpí-. Perdóneme que le hable en este momento en que la veo más concentrada que la lejía, pero es que necesito, imperiosamente, su asesoramiento sentimental. Es que hay una mujer que me inquieta”, le dije con firmeza en mis términos.
La consejera sentimental del periódico y Celestina número 1 de la isla de Ibiza, no desvió su mirada ni un solo instante. Me contestó de soslayo, con los labios acomodados como para soplar de lado, y tras un saludo frío acompañado de un “¿cómo estás?”, recién se dignó a dejar la lectura y mirarme a los ojos. Entonce se dio cuenta que era yo.
“Ay, Güito. Eras tú. Perdona, hijo, es la carta de una adolescente. ¿Una mujer que te inquieta, dices? De ti he escuchado, en reiteradas ocasiones, que una mujer te inquietaba. Una mujer distinta, quiero decir, cada vez que venías a consultarme lo mismo”, me respondió con mucho cariño.
Entonces ratifiqué la respuesta que ella había dado y agregué que éste era un caso especial, una mujer por demás hermosa; un ángel que se disfraza de coyote cuando me enfrenta. Le di detalles de Moni… eh, perdón, de Mónica, y de lo sucedido en Publicidad.
La respuesta de la señora Ana fue contundente y clara: “Enfréntala, Güito. Desafíala sin temor alguno”.
Y a continuación agregó: “En primer lugar, querido Güito, bien sabes que no acostumbro a responder consultas personalmente. Prefiero mantener el anonimato. Pero siendo tú una persona tan simpática, haré una excepción, tal como ha ocurrido las últimas doscientas veces que viniste a verme por conocer a mujeres, ángeles de la guardia o diosas cuasipefectas que te inquietaban”.
En el diálogo e intercambio de información y de opiniones, la señora Ana fue muy sincera al aconsejarme y dijo que sería un buen comienzo, para crear buen clima en la relación, el hecho de conseguir los veinte euros para el regalo del ‘Pelao’ Narbona.
“¿Puedes conseguir esos veinte euros, Güito?”, preguntó la asesora sentimental más famosa de la isla.
Sin dudarlo le dije que sí, que creía que no había inconvenientes para ello.
“De acuerdo -dijo Ana-. En ese caso debes llevarle lo antes posible esos veinte euros, ni más ni menos que lo que es, y desafiarla. Una de las tácticas que puedes usar es la de enfrentarla como el enemigo que no tiene armas, soldados o estrategias, y decide entonces ponerse del lado de su rival, que lleva todas las de ganar. Por un momento ponte en su lugar: Ella no cree que vayas a pagarle. Es más, ella cree que aprovechaste lo de la recaudación para acercarte y poder hablar con ella. Y encima fuiste dos veces seguidas en menos de 5 minutos, está claro que fuiste las dos veces con la lengua afuera, como perro muerto de sed y pidiendo agua. De allí su actitud desafiante, su mal talante, su gesto odioso y de superioridad. Piensa Güito, ponte a su altura”.
Yo intentaba ponerme a su altura, pero en realidad no podía dejar de pensar que en la cama no hay altura, o mejor aún, en ponerme debajo de ella, o encima si así lo prefiere. Pero claro, todo eso no se lo iba a decir a la señora Ana que seguía aconsejándome como a sus lectoras.
“En segundo lugar -continuó diciendo la señora Ana- tienes que generar algo en tu terreno. Quiero decir que tienes que llevarla a tu terreno cuando ya tengas los veinte euros en el bolsillo. Una vez que sepas que vas a cumplir con la prueba, seguir en el rol de no tenerlos, de no poder cumplir, y hacer que ella se ponga más superior. Y allí, en ese punto es donde le haces pisar el palito y caer en la trampa”.
Convencido de que era muy buena idea, dije estar de acuerdo en todo a mi asesora sentimental, pero en realidad no sabía lo que quería decirme. Es decir, entendía lo que me decía pero no terminaba de comprender cuál era la idea de esta mujer.
“Claro Güito -continuó explicándome esta santa dama que tiene más paciencia que el tango-, tienes que generarle un desafío, pero siempre poniendo gesto e imagen de perdedor. Como dejando que se burle de ti y haciendo que de esa manera ella se sienta muy segura de sí misma, le planteas, por ejemplo, un desafío personal: si tú consigues el dinero antes de fin de mes, ella será la dama que te acompañe a la boda de Narbona ¿Qué te parece la idea?”.
La idea era genial, digna de una mujer que en los últimos 40 años se había dedicado a dar consejos sentimentales por carta. Me pareció un planteo perfecto al que sólo le veía un inconveniente: hasta ese día, y que yo sepa, no estaba invitado al casamiento del ‘Pelao’ Narbona.
Igualmente le agradecí la idea a la señora Ana y me retiré suavemente, bajando las escaleras de Sociales con la calma de un ermitaño.
Al llegar abajo, en el pasillo que va a la Redacción, escuché un grito que me llamaba.
- Güito, querido. Hace dos días que te estoy buscando…
- Hola Pelao -era Narbona- que ya me enteré de la buena nueva.
- Y sí. Alguna vez me iba a tocar a mi también -y abriendo la agenda sacó una invitación tamaño baño que me entregó en la mano-. Prométeme que estarás en esta conmigo.
- Prometido ’Pelao’ -le dije y lo felicité con un abrazo sentido.
Le deseé lo mejor y lo hice de forma franca. Realmente el ’Pelao’ Narbona era un tipo excelente, muy buena persona y buen compañero de curro, que había encontrado una muy buena compañera. Claro que iba a ir a su fiesta de bodas. ¿Cómo iba a fallarle al tipo que tantas veces me prestó la oreja? ¿Al que tantas veces compartió una copa conmigo, en mi soledad? ¿Al que tantas veces le pedí dinero…? Cierto. Los veinte euros.
Con el sobre de la invitación en la mano y la propuesta de la señora Ana dando vueltas en mi cabeza, me fui caminando pero con cierta rapidez a las oficinas de Publicidad. Sin pensarlo demasiado, enfrenté a la dichosa Mónica y le dije la verdad, de frente, como es mi estilo.
- Moni, sé que no crees que pueda venir a pagarte y sé que tienes una imagen de mí un tanto distorsionada. Sé, además, que eres muy mujer, con cosas muy claras en tu vida, y que no te permites creer o hacer una mínima apuesta de credulidad en alguien como yo. Pero es esa forma de ser, esa “muy mujer” lo que me encanta de ti y lo que me hace capaz de conseguir el dinero del regalo para el ’Pelao’ Narbona. Por otra parte, Moni… Mónica, se que estás sola como un perro porque ese genio y carácter terminan pasándote factura, y sé que no sales nunca a ninguna parte.
- Yo… -intentó hablar, pero esta vez fui yo quien la interrumpió.
- Shh. Por favor, Moni, aún no he terminado. Te decía que sé que estás sola y que sé, además, que aún no sabes si ir o no ir al casamiento del ’Pelao’, para no tener que ir sola. Por eso vine a hablar contigo. Porque tu necesitas una ilusión y yo necesito motivarme para conseguir el dinero.
- ¿Cómo? -preguntó el ángel de la guarda sin girar la cabeza siquiera.
- Shhhh. Déjame terminar la idea, por favor. Vamos a hacer algo, entre los dos, para ayudarnos mutuamente. Es una propuesta. Si yo consigo el dinero en término, entonces irás conmigo a la fiesta. ¿Ok?
Y allí se dio el milagro.
Por primera vez desde que trabajaba en el periódico, sus compañeros de Publicidad la vieron sonreír.
En eso no tiene defectos: ni una muela mal aparcada, ni el labio con acné, ni la piel seca, ni la encía desinflada, ni la lengua corta.
Su sonrisa es perfecta.
Sin mirarme a los ojos pero sin hacerlo sobre sus hombros, con la cabeza gacha observando sus manos jugando con una carpeta arriba de su escritorio, me habló muy despacio. Con mucha suavidad y femineidad me preguntó: “¿Qué te hace pensar que iré contigo?”.
Entonces me subí aún más arriba del caballo de los ganadores y le dije, casi en tono de ofensa, que así no. Que era necesario darse la vuelta, mirarme a los ojos y repetirme la pregunta para que yo, con gusto, le contestara.
No lo hizo.
El orgullo le puso un armazón en la cintura, a modo de pescado, para evitar que pueda girarse.
Sonreí. Fue una sonrisa suave, ni risa ni mucho menos carcajada. Sólo sonrisa suave, pero ganadora. Respiré, tragué saliva y volví a hablarle, esta vez acercándome un poco más a su oído izquierdo:
- Podemos pasarla muy bien juntos. No tengo ninguna duda de ello.
Y me fui. Con un trofeo en la mano derecha y cuatro medallas colgando en mi pecho.
Desde mi escritorio la llamé a la señora Ana para contarle lo sucedido. Se puso contenta porque su teoría de que la música suave relaja a las fieras era la acertada, pero me aclaró que me había apresurado demasiado. “Se nota que le gustas mucho, sino no hubiese dejado que la intimes tanto llegando a hablarle o susurrarle al oído. Ahora conseguí los veinte euros, por favor Güito”·
Pensé en posibles víctimas del préstamo, pero me distraje de nuevo con el correo electrónico.
Otra vez Mónica.
Otra vez su desafío.
“No creo que consigas los veinte euros”, decía su e-mail.
Había pisado el palito.
Alguien me pidió una crónica para la página de Sucesos y eso me hizo poner los pies sobre la tierra. Tenía que trabajar, con tanto flirteo se había hecho tarde y debía poner al día el trabajo.
…
A partir de ese día, las cosas cambiaron entre Mónica y yo.
Ya no era un cruce frío en los pasillos y aunque a veces sus labios no sonreían, lo hacían sus ojos, su cuerpo, su mirada y hasta sus hombros. Era como que mantenía los labios cerrados pero por dentro, por detrás de ellos, sus dientes brillaban blanquecinos como en la mejor sonrisa que pueda conocérsele.
Llegados los últimos días del mes, entre el 26 y el 28, se atrevía incluso a bromear con lo de la boda: “Apresúrate a conseguir el dinero que sino tendrás que irte solito a la fiesta de Narbona”.
Yo sólo sonreía.
El 29 a la tarde fui a verla a las oficinas de Publicidad. Fue entrar al pasillo de diez metros y notar el silencio general en toda la sala. El resto de féminas -en realidad trabajan allí nueve o diez mujeres y un maricón con mucha pluma- no salía del asombro. Alguna de ellas susurró algo en voz muy baja, que a mí por mi falta de objetividad, me pareció que sonaba a :”Viene a pagarle”.
- Moni. ¿Ya tienes el vestido para ir a la boda? -le pregunté con aires de confianza, de desfachatez.
- Si, claro. ¿Cómo no lo voy a tener? -me contestó.
- Perfecto -dije-. Antes del día 2 te traigo el dinero.
El día 1, anterior al señalado y límite del pago de los veinte euros, las cosas parecían mejorar en el trabajo. A decir verdad, estuve tan atareado que no tuve tiempo de pensar en los veinte euros, de los que recién me acordé como a medianoche. Tampoco me había acordado del correo electrónico en todo el día y cuando quise leerlo, la ‘Neanderthal’ se colgó.
Apagué todo y me fui, estaba bastante cansado y con sueño.
El día D, es decir el día 2, llegué al diario a eso de las 11 de la mañana y antes de llegar al Departamento de Fotografía me topé con Mónica. Con gesto duro, me dijo que estaba bien, que aceptaba la derrota y que con ciertas reservas iría conmigo al casamiento de Narbona.
- Vale… -atiné a decir sin entender nada-. Espero… Moni… Mónica, espero que sepas entenderme… No sé… -otra vez me interrumpió.
- Te espero a las 11 de la noche, ni un minuto más ni uno menos, en mi casa. Te mando la dirección por e-mail.
- ¿A las 11? Pero a esa hora... -otra vez la interrupción, el muro y el temor.
- A esa hora nada, Güito. El sábado van a cerrar el diario más temprano, para que podamos ir al casamiento. Espero que seas puntual.
Y se fue.
No pudo evitar en ese “espero que seas puntual”, que se le pinchara uno de sus labios y dejara escapar una minúscula parte de su sonrisa.
Mientras observaba la belleza de su ir, mi cabeza batía millones de dudas que se negaban a mezclarse o dar respuestas. Pero una, fundamentalmente una de todas ellas aparecía en letras mayúsculas rojas, encerrada entre dos enormes signos de pregunta dentro de mi cerebro: “¿Llevaré condones el sábado?”.
No puedo con mi genio.
Tuve que esperar a que su cuerpo, con un excelente ir, desapareciera de mi vista para poder volver a pensar de forma coherente. Es decir, no pude pensar en claro hasta que no dejé de ver el cuerito rectangular de la marca de su jean, saludando y saludando.
Volví al pasillo, donde ya estaba, y dirigiéndome hacia Fotografía para buscarlo a largo me pregunté una y otra vez quien le había dado los veinte euros. Las preguntas surgían solas, como por arte de magia, y se mezclaban pero sin tener respuestas: ¿Quién lo hizo? ¿Por qué lo habrá hecho? ¿Por qué aceptó haber perdido mi ángel de la guarda, si yo todavía no le había pagado? ¿Realmente quería ir conmigo al casamiento? ¿Usaré preservativos? ¿Usarán preservativos las hormigas? ¿Cuál es el principal problema de biogenética en Suecia? ¿Ana Obregón será menopáusica?
Nada. Seguían sin aparecer las respuestas.
….
El sábado trabajé muy duro durante todo el día.
Por la tarde, a eso de las 8, me fui hasta casa con el barco de ‘Largo’ para darme una ducha, perfumarme y ponerme traje y corbata. Así vestido, volví a la Redacción a completar la tarea.
Antes de las diez y media de la noche, ya había terminado.
Fui hasta la gasolinera a cargarle algunos octanos al coche fúnebre, compré cigarrillos y chicles, y después de pasarme el peine en el jopo frente al espejo del coche, metí la mano en el bolsillo y saqué el papelito con la dirección exacta de Mónica.
Con calma, como quien no quiere la cosa, llegué a su casa en San José en menos de 5 minutos, pero esperé hasta casi las 11 para llamarla.
“Toca el claxon”, me decía en el mail, “porque no funciona el timbre”.
Así lo hice. Faltaban dos minutos para las 11 de la noche, para la hora prefijada.
Salió enseguida.
Estaba preciosa. Deslumbrante. Única.
“Déjame que te acomode las alas”, le dije bromeando y ella sonrió con todos los nervios que puede tener una mujer que acude, por vez primera, a una cita con alguien que realmente le agrada.
- No seas… pánfilo -me dijo-.
- Soy lo que quieras que sea -fue lo único que me salió de adentro.
Subió al barco con una sonrisa. Un tanto torpe y brusca me dio un beso en la mejilla y antes de encaminarnos a la fiesta me dijo que sabía que iría en el coche de ‘Largo’, mi amigo, y que eso le había hecho ilusión durante el día.
A mitad de camino me habló desde su puesto de copiloto, y mirándome a los ojos pero sonriendo, me encaró sin perder tiempo para sacarse ella, y sacarme yo, alguna de las tantas dudas que ambos teníamos.
No. No me preguntó nada acerca de los preservativos que llevaba en el bolsillo junto a los chicles.
Me preguntó por el dinero.
- ¿Puedo saber por qué me mandaste el dinero con mi tía?
- ¿Con qué tía? -pregunté realmente desorientado.
- Con la señora Ana. Ella es hermana de mi mamá, y además es mi madrina. ¿Por qué me mandaste el dinero con ella?
- Ahh… -dije atragantándome- No. No sabía que… que la señora Ana era tu tía. No. Juro que no sabía. Yo…
- Ya. Ya lo sé. Nadie lo sabe. Y nadie sabe que vivo con ella, allí donde me pasaste a buscar. Esa es su casa.
- Ahh.. No. No lo sabía. Yo sólo soy muy amigo de ella…
- Si, si. -volvió a interrumpirme- Eso me lo dijo ella cuando me trajo los veinte euros. Dijo que estabas nervioso y que le pediste que me los diera.
Tartamudeé de nuevo pero le terminé diciendo que era porque estaba muy atareado, que no sabía si iba a poder hacerme un tiempito para dártelo y porque, además, hacía varios días que tenía el dinero en el bolsillo. Que la señora Ana justo pasó por allí haciéndome acordar del pago y que entonces le pedí que le acercara el billetito azul.
“Para serte sincero -aclaré- a la señora Ana le debo varios favores además de esto de hacer que te entregue los veinte euros. Ella es alguien muy especial para mí”.
Mónica coincidió conmigo y comenzó a reírse como si estuviese borracha.
Allí descubrí que lo de tener coincidencias conmigo le agradaba mucho más de lo que me había imaginado.
FIN
